miércoles, 18 de septiembre de 2013

Rosia Montana y el desclasamiento de los trabajadores rumanos

Las protestas llevadas a cabo en los últimos días en la capital de Rumania, en contra del inicio de la explotación minera de Rosia Montana por una multinacional canadiense para proteger el medio, a la vez que los mineros de la zona hacen lo propio defendiendo el proyecto y exigiendo un puesto de trabajo, son una evidente ilustración del desclasamiento obrero, su beneficiosa fragmentación para la clase dominante en multitud de intereses, en lugar de concentrarse en la lucha contra la explotación y su emancipación.

Rosia Montana
"Todos los pensamientos de las camaradas, de las mujeres del pueblo trabajador, deben concentrarse en la revolución proletaria", sentenciaba Lenin a Clara Zetkin, en una entrevista realizada en 1920 y en la que el lider de los trabajadores se quejaba del peligro de que la clase obrera dejara de luchar por su objetivo principal, la lucha de clases, diversificándose en luchas particularizadas desvinculadas de la revolución, cuyo triunfo iría solventado el resto de sus necesidades.

El abandono de la lucha de clases como eje vertebrador de toda protesta y todo combate hace que, como sucede con Rosia Montana, todos protesten por sus intereses o siguiendo sus opiniones particulares, pero nadie se de cuenta de que, precisamente eso, es lo que mas interesa a las grandes corporaciones y a los capitalistas, sea cual sea su nacionalidad. Así ecologistas, feministas, homosexuales, pacifistas, e incluso trabajadores pidiendo trabajo, combaten cada uno por su cuenta, como si cada guerra fuera ajena al problema principal: el capitalismo y la explotación de unos sobre otros.

De hecho, la desorientación general y la afición interclasista, causa del olvido y criminalización de la lucha de clase, hace que los "anticapitalistas" que salen a la calle en Bucarest u otras ciudades del pais bajo la justa causa de impedir la explotación minera de Rosia Montana forman parte de un gran grupo de diversas tendencias entre los que hay, por ejemplo, miles de herederos de los legionarios fascistas y de sus versiones actuales en boga  (Noua Dreapta, Totul pentru Tara, etc..).

Rosia Montana es un pueblo situado en la provincia de Alba, en Transilvania, en los bellos montes Apuseni, que se encuentra sobre uno de los mayores yacimientos de oro de toda Europa. En la zona, los romanos llevaron a cabo la explotación del precioso metal durante los pocos años que estuvieron en el territorio, y después las minas siguieron siendo fuente de riqueza de turcos, magiares y del Imperio Austrohúngaro.

Antes de la proclamación popular de la República Popular Rumana, en 1948, la explotación estuvo en manos privadas, pero el comunismo nacionalizó todos los recursos naturales y medios de producción y las minas de oro pasaron a pertenecer al pueblo rumano. Tras el golpe de estado de 1989, la situación cambió, y al igual que el 90% de la riqueza nacional de Rumania, las minas volvieron a manos privadas y a ser objeto de la codicia de las grandes multinacionales mineras, sin ningún interés en el bienestar de los trabajadores locales ni en la conservación del medio, y con la exclusiva meta de enriquecerse a costa del trabajo y la riqueza ajena.

mineros de Rosia Montana
En este caso, la compañía Rosia Montana Gold Corporation, con capital canadiense mayoritario (en manos de la compañía Gabriel Resources), explotó desde 1999 hasta 2006 el oro que era de los rumanos hasta 1989. Después de la finalización de la licencia, y de su no renovación por sus probables consecuencias mediambientales, ahora están a punto de reiniciarse los trabajos durante otros 17 años, en una superficie de unos 12 kilómetros, tiempo en el que se espera extraer 300 toneladas de oro. El gobierno ya ha dado luz verde.

La no renovación de la licencia de explotación tuvo lugar después del desastre ecológico de Baia Mare (ver Cuando el Danubio dejó de ser azul ), ciudad minera al norte del país, en la cual se desbordaron los depósitos de agua contaminada con cianuro tras su uso en la extracción de oro, contaminándose los ríos más importantes de la zona, en especial el Tisa, que llevaría los vertidos a través de Hungría hasta el Danubio. Aquellos 100.000 metros cúbicos de agua pesada contaminada, rica en cianuro y otros metales pesados tóxicos como el cobre y el zinc, derramados a través de la parte inferior de una brecha en un dique de desechos, en las minas de Baia Mare, al norte del país, provocaron un escándalo internacional, que detuvo temporalmente todas las explotaciones mineras auríferas del país.

Ahora que las aguas se parecían haberse calmado, las multinacionales mineras han vuelto al ataque. Tras el permiso del gobierno socialdemócra,  las manifestaciones en contra se han extendido por el pais, algunos por motivos meramente ecologistas, otros por estímulo mediático, y algunos porque no tienen como expresar su protesta ante el sistem debido a la desorganización y sometimiento general, y la falta de un partido de vanguardia que dirija y oriente la lucha.

Sin embargo, aunque los ecologistas salgan a la calle cabreados por la aprobación de la nueva concesión a Rosia Montana Gold Corporation, existen otras explotaciones basadas en el uso del cianuro en Transilvania, aunque estas no salgan tanto en la televisión y, por lo tanto, no provocan protesta alguna.

El hecho es que el cianuro se sigue utilizando en suelo rumano, con el consiguiente peligro medioambiental para las aguas del territorio, y va a seguir utilizándose, siga adelante o no el proyecto de Rosia Montana. Por ejemplo, en  Certeju de Sus, localidad en la provincia de Huneadoara, European Goldfields, con la colaboracion de mil millones de euros del  emirato de Qatar, se ha dado luz verde al comienzo de las extracciones, mientras con el 70% de paro en el pueblo sus paisanos tendran que elegir entre cianuro o hambre.

Lo mismo sucede en el caso de los habitantes de los alrededores de Rosia Montana, sumidos en la pobreza y en la desesperación, que también han salido a la calle para pedir, en este caso, que la explotación minera se ponga en marcha, a la que ven como su única posibilidad de dar de comer a sus familias y de que el pueblo subsista en el futuro. Con algo de razon, pero no con toda, los mineros se quejan de que los que llaman "niños bien de Bucarest" decidan sobre su futuro, que desde hace dos décadas ha sido bastante negro. Los olvidados habitantes de las montañas de Alba han sufrido, como el resto de la clase trabajadora rumana,  las consecuencias de la destrucción de más de la mitad de los puestos de trabajo desde la instauración del capitalismo en 1990 (de los más de 8 millones de trabajadores del último año de la Rumania Socialista quedan hoy poco mas de 4 millones). Tristemente, los miles de jóvenes rumanos que han salido a la calle a protestar contra el proyecto Rosia Montana no han creido conveniente hacer lo propio contra el saqueo del pais llevado a cabo tras la instauracion del capitalismo, frente a la destruccion de la riqueza nacional, o para protestar por el hecho de que mas de 3 millones de trabajadores rumanos hayan tenido que huir del pais para poder sobrevivir.

Y es que bajo una dictadura capitalista (perdón por el pleonasmo), a pesar de los sostenedores de las falsas virtudes del mercado libre del trabajo, la negociación entre empresario y empleado es totalmente desequilibrada, y el primero es el que tiene realmente la sartén por el mango, pues el segundo siempre va a necesitar comer y va a acabar aceptando para ello cualquier empleo. En esta desventaja básica se basa la explotación capitalista, y justo para luchar contra ella se inventó la unión de los obreros, los sindicatos, y las organizaciones comunistas.

En un contexto en el que ya no existe organización obrera alguna, en el cual la violencia intrínseca a la lucha de clases está deslegitimada, y en el que la clase capitalista, sabedora de ello, da constantes vueltas de tuerca contra los derechos de los trabajadores sin apenas oposición, es lógico que los habitantes de la empobrecida y abandonada Rosia Montana luchen por tener un salario, aunque sea pírrico, incluso aceptando el envenenamiento y la destrucción de su entorno y, posiblemente, de sus hijos.

Mientras tanto, y precisamente a causa de esa criminalización y abandono de la lucha de clases, cuya existencia es paradójicamente cada vez mas evidente, aunque en el combate solo siga luchando un bando, el de los capitalistas, mientras el otro sufre resignado constantes despropósitos, nadie exige en las calles la única solución al desastre vigente (posible y lamentablemente porque la televisión y los medios, en manos de los capitalistas, no lo denuncia, además de por la inexistencia de organización obrera alguna que sirva de dirección a los desorientados, desesperados o narcotizados miembros de la clase obrera): el regreso al Socialismo.

En tercer lugar, el hecho de que la compañía que va a explotar el oro, que hace dos décadas era propiedad de los trabajadores rumanos, sea una multinacional privada, en este caso canadiense (aunque realmente dé igual el origen) hace que la causa del más que probable desastre medioambiental provocado, la urgencia de conseguir un trabajo, y la destrucción de una región histórica, con restos romanos, vestigios dacos y una belleza natural incomparable, sean la directa consecuencia de la entrega de la riqueza del subsuelo rumanos a manos de unos cuantos parásitos extranjeros (o locales, pues los grandes ladrones no entienden de banderas ni patrias), mientras los mineros de los pueblos alrededor de las minas y sus familias continúen siendo pobres y cada vez con menos derechos. Este, que es el principal problema, pocos de los que salen a la calle, de uno y otro lado, lo mencionan siquiera. Es bueno salir a la calle a protestar, pero sabiendo por qué, y para qué.

En realidad, solo si los trabajadores vuelven a tomar el control de los medios de producción y, por lo tanto, de los recursos explotados, tendrán asegurado no solo el trabajo y el pan de cada día sino también el futuro de sus hijos. En ese caso, cuando la fuerza de trabajo no sea una mercancía que se ofrece a cambio de las migajas ofrecidas por los que se han apropiado de los medios de producción, cuando no sea necesario trabajar a cambio del o que sea para cubrir las necesidades, cuando la riqueza producida sea para beneficio de los que la producen, se podrá valorar en toda su justeza si merece la pena o no destruir y envenenar la tierra, el agua o el cielo para producir un poco o mucho oro, o si en realidad las fuerzas productivas y los esfuerzos económicos de un país cuyo objetivo no es el enriquecimiento de unos pocos si no el bienestar de todos pueden dirigirse a otras producciones o a las mismos pero con métodos menos dañinos.

En definitiva, lo importante es que los que trabajen sean los que deciden para que trabajan, los que se queden con el beneficio, y los que valoren si merece la pena o no hacerlo, además de que trabajen, produzcan, para su beneficio, con dignidad, y no a cambio de cualquier migaja mientras enriquecen a unos cuantos delincuentes. Y para eso hay que volver a construir conciencia de clase y a volver a pasar a la ofensiva en la lucha.
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